Dublín [Dablin]

Ya estuve en Dublín al 3º fin de semana de estar en Belfast. En aquella ocasión fui con las compañeras de la beca. Como eso ocurrió hace 2 meses (hay que joderse como pasa el tiempo), no recuerdo demasiado, pero básicamente lo que hicimos fue andar un cojón para ver los lugares insignes de Dublín. Estuvimos 2 días así que pasamos la noche del sábado en un hostal bastante decente por 13 euros y pico. Los monumentos en sí son la mayoría iglesias. La catedral de San Patrick quizá sea la más impresionante, con sus jardines. Todas estas cosas las podéis ver en la galería de fotos más abajo. El primer monumento que vimos fue el pincho que está en O'Connell Street, que supuestamente fue construido para celebrar la entrada al nuevo milenio, aunque otras fuentes afirman que es en honor de los yonkis (true story). Impresiona la altura que tiene. "Es como la torre esa de Goku", me dijo Rafael, sorprendiéndome con tal referencia friki. El monumento que más me gustó fue el bautizado "pirulo", que era un obelisco gigante de piedra, el monumento Wellington. Todo rodeado de extensas praderas de hierba. El césped aquí se cuida bastante bien, con el coñazo que me da los escasos 20 metros cuadrados de césped de mi campo. Cerca de ese monumento estaba una especie de castillo/fortaleza/cárcel que resultó ser un mierdón, casi parecía como si lo usaran de cuadras. Es lo malo del turismo sin guía, que puedes ir a parar a sitios rancios. El Trinity College también tenía su aquel. Es el campus universitario y en mi segunda visita con Rafael tuve la oportunidad de cagar en él. Sí, esto es un dato muy importante. La 1ª vez había huevos por ahí dispersos, para celebrar la Pascua supongo.

Dublín es una ciudad mucho más animada que Belfast. También es más grande claro. Un cojón de españoles. Me decía Rafael cuando estábamos sentados esperando mi autobús: esas tienen pinta de españolas. Y efectivamente, venían hablando en nuestra noble lengua. En Dublín hay tranvía. La primera vez pagamos el tícket, un euro y pico, pero luego viendo el escaso control hicimos españolada y no pagamos muchos tíckets más. Los tíckets se sacaban fuera del tranvía.

Una zona que me encantó fue Temple Bar, el barrio de los pubs. Pedro Antonio a lo grande (ni se me ocurre compararlo con la zona 9 de Baza). Música en directo en cada esquina, ya sea en la calle o en los pubs. Un ambiente de fiesta guapísimo. Aunque no pudimos disfrutarlo mucho porque estábamos fundíos de andar y al día siguiente nos esperaba lo mismo. Teníamos 3 habitaciones reservadas, 2 de 4 y una de 6. A mí me tocó con mis amigas del apartamento 4. Dormir con 3 mujeres. "En la vida me he visto en otra", decía. Ellas esperaban espectáculo conociendo mis trastornos del sueño. Pero esa noche dormí bien, debido al reventamiento de andar quizá. Para colmo se me olvidó echar el pijama y dormí en calzoncillos. En realidad es que me gusta ir provocando.

Cuando estuve la primera vez pasamos por la puerta de la Guinness pero la gente no parecía muy dispuesta a entrar. Valía 15 euros y pico y al parecer el tour era largo. Me quedé con todas las ganas, eso sí. Sin embargo pude resarcirme en mi visita con Rafael. Pillamos las entradas por internet y el de estudiante valía 13 euros. Al entrar había unas máquinas dónde ponías la clave que de daban por internet y ya se imprimían los tíckets. El caso es que pasamos dentro sin que nos pidieran en ningún momento el tícket. Que podíamos haber entrado gratis, vamos. Si embargo en el tícket había una parte que se podía arrancar para canjearla por una pinta. El tour era básicamente mostrarte el proceso de fabricación de la cerveza, que si los ingredientes, la publicidad de la cerveza, el transporte, historia, etc. En la parte del agua había monedas por todos sitios, y el Rafael estuvo tentado de pillar alguna pero no llegaba. Yo tiré una de 1 penique. Generosidad a tope. Pillamos un audioguía, que es como un walkytalkie al que yo oportunamente puse mis auriculares. Si no es que era tener el brazo levantao tó el día para tener el cacharro pegao a la oreja. Lo pedimos en español, pero todo lo demás estaba en inglés. El cacharro te contaba cosas interesantes de vez en cuando. Como la campaña publicitaria "más exitosa de la historia", que echaron un cojón de botellas de Guinness no sé si en el Pacífico y luego han estado apareciendo botellas por todo el mundo. También que el oficio de tonelero era casi como los curas. Los aprendices no podían ir a los bares ni ligar ni casarse a no ser que su maestro se lo permitiera. Y en la ceremonia de nombramiento o graduación, te metían en un barril ardiendo y te tiraban la cuesta abajo, y luego te echaban Guinness encima. Una brutalidad. Otra cosa que decían, era que se ve que Irlanda, como país, no pudo ponerse el símbolo del arpa tal cual como símbolo del país, pues ya era copyright de Guinness, y así el gobierno tuvo que invertir el arpa para no infrinjir los derechos de autor. Había por ahí como iPads desperdigaos en los que iniciabas sesión en Facebook para darte de alta como "visitante oficial de la Guinness" y al darle a enviar se veía luego tu nombre y tu foto, con el mensaje que pusieras, en una pantalla gigante con un mapa del mundo que había. Luego, tu información metida en una burbuja se movía hasta tu país, con una animación muy chachi. También había aplicaciones para hacer test estilo "cúanto sabes del alcohol" o de la Guinness, todo en inglés. El Rafael además se leyó toda la información referente al cuerpo humano. Curiosidad del enfermero.

Tras 2 horas y pico de ver cosas, ya nos tocaba elegir dónde tomar la pinta de Guinness: si en la 4ª planta, dónde te enseñaban a echarla, o en el Gravity Bar, desde donde se veía todo Dublín. Preferimos tomarnos la birra en la última planta, más relajados. Estábamos esperando al ascensor, y desesperaos vivos, optamos por subir por las escaleras. Y que oportuno, porque allí había unas viejas japonesas que decían que nos daban el tícket de la cerveza porque ellas no querían tomarla. Pues súper chachi, a tomar 2 pintacas. Ya en el Gravity Bar, que es básicamente un mirador, nos costó encontrar asiento, y mientras deambulábamos, íbamos viendo poco a poco las vistas y las descripciones que había escritas en el cristal. Casi al terminar la cerve, me dice el Rafael que se le ha subido. Y normal, pues desde el desayuno no habíamos tomado nada y estábamos esmayaos. Así que íbamos con toda nuestra alegría a la 4ª planta a tomarnos la 2ª pinta. Entré en el modo social, o sea, hablarle a todo el mundo. En el ascensor emperché a una pareja de... ¿suizos? No lo recuerdo, pero hablamos de trivialidades como el turismo en Dublín. Luego en la cola para entrar a lo de la cerveza me puse a cascar con la tía que nos tomaba los datos para luego darnos el diploma de que "habías echado la pinta perfecta". Una tontería pero que para mí tiene un gran valor como souvenir. Dándole palique a tope. Luego con un francés mayorcete que nos tocó en nuestro grupo. Ya dentro del bar, la tía pidió un voluntario para empezar y por supuesto salí yo, y otra mujer. En realidad echar una pinta de cerveza negra no es muy diferente de una rubia. Básicamente darle al grifo con el vaso inclinado 45º y ya conforme se vaya llenando, ir enderezándola, y no llenarla entera, dejarla por las letras del vaso. Se deja reposar unos minutos. En este punto, al Rafael le pasó una cosa en un bar que estuvimos en Belfast. Él se pidió la Guinness y ve que una vez casi llena se la dejan fuera de su alcance. "Cucha el desgraciao dónde me ha puesto la cerveza que no puedo cojerla". No sé exactamente porqué es esto, pero vamos, una Guinness de barril está mucho mejor que una de lata. El último paso es echarle espuma, dándole a la manivela del grifo al lado contrario. Durante su turno, el Rafael se equivocó y no pude evitar saltar y decir en voz alta "¡La has cagao, Rafaeeel!" en español, y todo el mundo se descojonó. Al acabar nos dio el diploma, que no era más que una cartulina con firmas imprimías, y yo le dije a la tía, Hannah, que me pusiera su autógrafo ya que ella había sido mi teacher de echar cerveza. Era una muchacha de buen ver, todo hay que decirlo. En todo esto, yo decidió llevarme el vaso de la Guinness como recuerdo. Sí, una vil mangancia, pero viendo el nivel de seguridad y teniendo en cuenta los 13 pounds que había pagado, que menos. Ya a punto de irnos, fuimos a por las pellizas (los abrigos) y cual fue nuestra sorpresa comprobar que no estaban dónde los dejamos. Fui a preguntarle al staff y llamaron a uno que supuestamente hablaba español. En ese estado de embriaguez hasta mi inglés era mejor que el español de ese tío. Y ahí se vio desmentida nuestra teoría de que para trabajar en la Guinness hay que tener un físico apañao, porque el colega tenía una cara de matao que te cagas. "Un enchufao", dijo Rafael. Mi intento de obtención gratuita de souvenir se vio truncada y mientras otra mujer del staff me hablaba, le puse mi pinta vacía en una que llevaba encima, acto que provocó un descojone en el Rafael. Es una tontería que contada no hace gracia, hay que vivir el contexto. Pues nos mandaron a la planta baja y allí por fin pillamos nuestros abrigos. En ese punto íbamos esmayaísimos, y nos paramos en la primera tienda de comida rápida que vimos, nos pillamos pollo frito con papas y nos lo comimos vorazmente a los pies de una iglesia, pues si te lo tomabas dentro del local te cobraban más. Poco más hay que contar ya. Fuimos a la parada del autobús, en la céntrica O'Connell Street, y allí Rafael se despidió de mí. Hay que decir que el Rafael tiene un gran espíritu aventurero, para quedarse 2 días sólo en Dublín. Y ahí quedó la cosa.

Etiquetas: dublin , turismo , guinness , rafaker

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